Aromas:
Cuando
regreso a casa no me lavo las manos
si es que he estado contigo un
instante no más,
el aroma retengo que tú dejas en ellas
como
una joya vaga o una flor ideal.
Por aquí huelo a rosas y por
allá a jazmines,
alientos de tus ropas, auras de tu
beldad,
aproximo una silla y me siento a la mesa
y sabe a ti y
a trigo el bocado de pan.
Y todo el mundo ignora por qué
huelo mis manos
o las miro a menudo con tanta suavidad,
o las
alzo a la luna bajo las arboledas
como si fueran dignas de
hundirse en tu cristal.
Y así hasta media noche cuando vuelvo
rendido
pegado a las fachadas y me voy a acostar,
entonces
tengo envidia del agua que las lava
y que, con tu perfume, da un
suspiro y se va.

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